Tomás era un niño como cualquier otro, pero tenía algo muy especial: cada vez que sentía una emoción fuerte, su cuerpo cambiaba de color.

Cuando estaba feliz, su piel brillaba de amarillo como el sol. Cuando se enojaba, se volvía rojo como un tomate. Si sentía miedo, se ponía morado como una berenjena. Y cuando estaba triste, su color cambiaba a un azul profundo como el mar.

Un día, mientras jugaba en el parque con su perrito Max, Tomás resbaló y cayó en un charco de barro.

—¡Ay! —gritó.

Al instante, su piel se tiñó de rojo brillante. Estaba enojado porque se había ensuciado. Las otras personas en el parque lo miraban sorprendidas. Tomás se cubrió la cara y corrió a casa.

Al llegar, su mamá le preguntó:

—¿Qué pasó, Tomás?

—¡Todos me miraban! ¡Me puse rojo de la rabia!

Su mamá le sonrió con ternura.

—Está bien enojarse. Pero recuerda que los colores no son malos, solo te ayudan a saber cómo te sientes.

Tomás se quedó pensando en eso.

Al día siguiente, en la escuela, la maestra le pidió que leyera en voz alta. Tomás tragó saliva. Su color cambió a un morado intenso.

—¿Qué pasa, Tomás? —preguntó la maestra.

—Tengo miedo… —respondió.

La maestra le ofreció una sonrisa amable.

—Puedes leer despacio. Aquí estamos para ayudarte.

Tomás respiró hondo. Poco a poco, su color volvió al normal. Se sintió orgulloso.

Más tarde, durante el almuerzo, uno de sus amigos rompió accidentalmente el dibujo que Tomás había hecho. Sin querer, Tomás gritó y se puso rojo otra vez.

—¡Mi dibujo! ¡Lo arruinaste!

Su amigo bajó la mirada.

Tomás se dio cuenta de que el rojo de su cuerpo no lo hacía sentir mejor. Así que cerró los ojos, contó hasta cinco y respiró.

—Perdón por gritar. Estaba molesto, pero sé que no lo hiciste a propósito.

—Gracias, Tomás —dijo su amigo—. Podemos hacer uno nuevo juntos.

Esa tarde, cuando llegó a casa, su mamá le preguntó cómo estuvo el día.

Tomás respondió con una gran sonrisa. Su color cambió a amarillo brillante.

—Hoy aprendí que mis colores me enseñan cosas. Cuando estoy rojo, sé que necesito calmarme. Si me pongo azul, sé que puedo buscar un abrazo. Y si me siento morado, respiro y busco ayuda. Mis colores me ayudan a conocerme.

Su mamá le dio un fuerte abrazo.

—¡Qué maravilloso regalo tienes, hijo! Entender tus emociones es un superpoder.

Desde entonces, Tomás no se avergonzaba de sus colores. Los usaba como un mapa para entender su corazón.

Moraleja del cuento:

Nuestras emociones tienen colores distintos, y todos son importantes. Cuando las reconocemos, aprendemos a cuidarnos mejor.

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