En un tranquilo pueblo llamado Valleverde, vivía un niño muy especial llamado Elio. A simple vista, parecía como cualquier otro: iba a la escuela, jugaba con sus amigos y ayudaba a sus padres adoptivos, Marta y Enrique, en la granja. Sin embargo, Elio escondía un gran secreto: podía correr más rápido que un auto, saltar más alto que los árboles, y levantar objetos enormes con facilidad.

Desde pequeño, sus padres le enseñaron a ser discreto con sus habilidades.
—Elio, lo que puedes hacer es increíble —decía Marta—, pero lo más importante es tener un buen corazón. Usa tu fuerza solo para hacer el bien.

Elio lo sabía, y aunque a veces le costaba contenerse, siempre hacía lo posible por ayudar sin llamar la atención.

Una tarde soleada, mientras exploraba el bosque cerca del colegio, Elio escuchó un sonido suave: un llanto pequeño. Siguiendo el ruido, encontró a un perrito atrapado en un pozo seco. El animal estaba asustado y no podía salir.

Elio miró a su alrededor. No había nadie cerca. Sin dudarlo, bajó de un salto al pozo, levantó con cuidado al perrito y salió de un solo impulso. El cachorro lo llenó de lamidas agradecidas, moviendo la cola con alegría.

Pero algo más llamó su atención. En el fondo del pozo, había una piedra brillante, con tonos azules y rojos que centelleaban bajo la luz. Elio la tomó con curiosidad, sintiendo un cosquilleo en los dedos. Esa noche, tuvo un sueño muy especial.

En él, apareció un hombre sabio, vestido con una túnica plateada. Su voz era profunda pero cálida.

—Elio, vienes de un lugar muy lejano. Esta piedra es parte de tu origen. Fuiste enviado a este mundo con un propósito: ayudar, proteger y ser una luz para los demás. Aunque aún eres pequeño, dentro de ti hay un gran héroe.

Elio despertó emocionado. No solo había descubierto una piedra mágica, sino también un pedacito de su verdadera historia. Comprendió que no se trataba solo de poderes, sino de lo que él elegía hacer con ellos.

Desde entonces, Elio guardó la piedra en una cajita bajo su cama. A diario, hacía buenas acciones en silencio: ayudaba a sus compañeros, rescataba animales perdidos y defendía a quienes no podían hacerlo. Nadie sabía que él era el responsable, pero eso no le importaba.

Cada vez que hacía algo bueno, notaba que la piedra brillaba un poco más, como si le dijera que iba por el camino correcto.

Y así, en el pequeño pueblo de Valleverde, crecía en secreto un niño con alma de héroe. Porque incluso los más grandes salvadores comienzan siendo niños curiosos, valientes y con un deseo enorme de hacer el bien.

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