Érase una vez, en el corazón verde y húmedo de la selva amazónica, un lugar donde los ríos parecen serpientes gigantes de agua marrón, vivía la comunidad de animales más tranquila del mundo: los carpinchos.
Los carpinchos son famosos por su calma. Se pasan el día flotando en el agua tibia, tomando el sol en las orillas de arena y dejando que los pajaritos se posen en sus laderas. Nada parece molestarles. Bueno, a casi nada… excepto a Capi.
Capi era un carpincho pequeño, de pelaje color marrón tostado y hocico curioso. Pero a diferencia de sus amigos, Capi raras veces estaba en el agua. Capi había encontrado algo en la orilla que le llamaba «su tesoro»: una Piedra-Brillante rectangular que unos humanos habían olvidado.
La Piedra-Brillante era mágica para Capi. Si la tocaba con su patita húmeda, la piedra se encendía con luces de colores, ruidos rápidos y videos de otros animales haciendo piruetas extrañas. Capi pasaba horas con el cuello doblado, mirando la luz hipnotizante.
—¡Capi! ¡Vamos a jugar a las escondidas bajo los nenúfares gigantes! —le gritaba su amiga Nina, una nutria juguetona.
—Espera, Nina. Solo un video más. Este es muy gracioso —respondía Capi sin levantar la vista.
Pero ese «video más» se convertía en diez. Capi se perdió el día en que una lluvia de mariposas azules cruzó el río. Se perdió el momento en que salió un arcoíris doble. Sus ojos, que antes eran brillantes, ahora estaban siempre un poquito rojos y cansados. Y cuando llegaba la noche, la hora de dormir, su cabecita seguía llena de ruidos y luces, zumbando como un mosquito molesto, y no podía descansar.
Una tarde, justo cuando el sol empezaba a esconderse y pintar el cielo de naranja, ocurrió la tragedia. Capi tocó su Piedra-Brillante, pero esta parpadeó una vez y se apagó. Se quedó negra, fría y muda. Se le había acabado la magia.
Capi sintió un cosquilleo feo en la barriga. ¡Ansiedad! Empezó a dar vueltas en círculos.
—¿Y ahora qué hago? ¡Me aburro! ¡No sé estar sin ruidos! —chilló Capi, sintiendo que su corazón iba tan rápido como las alas de un colibrí.
Comenzó a caminar, refunfuñando, hasta que tropezó con algo muy suave y peludo que colgaba de una rama baja. Era la Abuela Perezosa, el animal más sabio y lento de toda la selva.
La Abuela Perezosa abrió un ojo, muy, muy despacito, y miró al carpincho nervioso.
—Pequeño amigo… —dijo ella, con una voz que sonaba como el viento suave entre las hojas—. Pareces… una tormenta eléctrica… en un vaso de agua.
—¡Es que mi Piedra-Brillante no funciona y no puedo calmarme! —sollozó Capi.
—Tu piedra necesita descansar para recargar su energía. Y tú también, pequeño —dijo la Abuela Perezosa—. Has olvidado cómo usar tu propia magia para calmarte. Ven, te enseñaré el secreto de los Tres Suspiros del Río.
La Abuela Perezosa le pidió a Capi que se sentara en el pasto fresco y cerrara los ojos.
—Ahora —susurró la Abuela—, imagina que tu barriga es un globo que se infla. Toma aire por la nariz, profundo, oliendo el perfume de las flores nocturnas… Uno, dos, tres… Aguanta el aire… Y ahora suéltalo despacito por la boca, como si soplaras una hojita muy frágil en el agua… Ffffuuuuu.
Capi lo intentó. Al principio le costó, su mente quería ir rápido. Pero la Abuela Perezosa lo guio de nuevo.
—Otra vez. Inhala la calma de la selva… aguanta… y exhala todo ese ruido y ese aburrimiento… Ffffuuuuu.
Al llegar al tercer suspiro, algo maravilloso pasó. El corazón de Capi dejó de correr. Sus hombros se relajaron. Y de repente, empezó a escuchar cosas que la Piedra-Brillante no le dejaba oír.
Escuchó el «cri-cri» rítmico de los grillos, que era como una canción de cuna. Escuchó el chapoteo suave del río chocando contra las rocas. Sintió el frescor del pasto húmedo bajo sus patitas. El mundo real era mucho más tranquilo y bonito que los videos ruidosos.
Un bostezo gigante, el más grande que había dado en semanas, salió de la boca de Capi.
—Gracias, Abuela Perezosa —murmuró Capi, con los ojos ya casi cerrados.
Capi se acurrucó junto a su familia de carpinchos. Ya no necesitaba la luz artificial. El brillo de la luna era suficiente. Esa noche, Capi durmió profunda y plácidamente, soñando con nadar en aguas tranquilas, totalmente desconectado para poder descansar de verdad.
Y colorín colorado, este cuento zen se ha acabado. Buenas noches.
¿Te gustó este cuento? Sigue aprendiendo valores
Ahora que Capi nos ha enseñado a desconectar para descansar mejor, quizás te interese una historia sobre la paciencia y el valor del esfuerzo.
A veces, los niños quieren tenerlo todo «ya mismo» (como los videos rápidos). Para ayudarlos a entender que las mejores cosas toman tiempo, te recomendamos escuchar la historia de Oliver:






[…] Secreto de las Manos de Nube: Cuento para Niños que Pegan Capi, el Carpincho Zen: Un Cuento para Dejar las Pantallas enero 10, […]