En lo más profundo del Bosque de los Árboles Gigantes, vivía un pequeño dragón llamado Draco. Draco tenía escamas de un verde brillante, alas pequeñitas que apenas empezaban a volar, y una cola larga con la que a veces tropezaba. Era un dragón muy alegre, divertido y le encantaba jugar con sus amigos: la ardilla Rita, el oso Benito y el conejo Simón.
Sin embargo, Draco tenía un pequeño gran problema: no sabía perder.
Cada vez que jugaban a las escondidas y lo encontraban primero, Draco fruncía el ceño. Si jugaban a las carreras y el conejo Simón le ganaba, Draco cruzaba los brazos. Pero lo peor de todo era cuando jugaban a los juegos de mesa hechos con bellotas y hojas. Si Draco perdía, sentía que una chispa caliente nacía en su barriga, subía por su pecho, llegaba a su garganta y… ¡PUM! Soltaba una gran llamarada de fuego por la boca que chamuscaba las hojas y asustaba a todos sus amigos.
—¡No es justo! —gritaba Draco, pateando el suelo—. ¡Este juego es tonto y ustedes hacen trampa!
Un martes por la tarde, después de que Draco quemara accidentalmente el tablero de damas de bellotas porque el oso Benito le había ganado, sus amigos decidieron que ya era suficiente.
—Draco, te queremos mucho —dijo la ardilla Rita desde la rama de un árbol, por si acaso—, pero no podemos jugar contigo si te enojas tanto cada vez que pierdes. Los juegos son para divertirse, no para asustarnos con tu fuego.
Esa tarde, Draco se quedó solo. Se sentó junto al río, sintiéndose muy triste. Él no quería asustar a sus amigos, pero el enojo era tan rápido y caliente que no sabía cómo detenerlo. De repente, escuchó un aleteo suave. Era la Lechuza Sabia, el ave más anciana y lista de todo el bosque.
—¿Por qué esa cara tan larga, pequeño dragón? —preguntó la lechuza, acomodándose las gafas.
—Porque mis amigos ya no quieren jugar conmigo —suspiró Draco—. Dicen que me enojo cuando pierdo. Es que perder se siente muy feo, señora Lechuza. Se siente como si un volcán fuera a hacer erupción dentro de mí.
La lechuza asintió con comprensión. —Ah, la famosa frustración. Es normal sentir ese calorcito, Draco. A nadie le gusta perder. Pero el secreto no está en ganar siempre, sino en saber qué hacer con ese volcán cuando sientes que va a explotar.
—¿Y qué puedo hacer? ¡El fuego sale solo! —dijo el dragoncito, bajando la cabeza.
—Te enseñaré el truco de las «Burbujas de Hielo» —dijo la lechuza con una sonrisa—. La próxima vez que sientas que el calor sube por tu barriga porque estás a punto de perder, quiero que cierres los ojos. Toma aire por la nariz, despacito, imaginando que hueles una flor deliciosa. Luego, en lugar de soltar fuego, sopla el aire por la boca muy suavemente, como si estuvieras haciendo burbujas de jabón que no quieres que se rompan. Esas burbujas imaginarias enfriarán tu volcán.
Draco practicó toda la noche. Oler la flor… soplar la burbuja. Oler la flor… soplar la burbuja.
Al día siguiente, Draco buscó a sus amigos. Les pidió disculpas por haber chamuscado sus juegos y les prometió que intentaría cambiar. Los animales, que lo extrañaban, aceptaron jugar una carrera de obstáculos.
La carrera comenzó. Draco iba a la cabeza, pero justo antes de la meta, tropezó con una raíz. El conejo Simón y la ardilla Rita lo pasaron volando y cruzaron la meta antes que él.
Inmediatamente, Draco sintió el calor. El volcán de su barriga despertó. Apretó los puños, el humo empezó a salir por su nariz y abrió la boca para gritar. Sus amigos dieron un paso atrás, asustados.
Pero entonces, Draco recordó a la lechuza. Cerró los ojos con fuerza. Tomó aire por la nariz, despacito (oliendo la flor), y lo soltó por la boca muy, muy suavemente (soplando la burbuja de hielo). Sopló una vez. Sopló dos veces. El calor de su barriga empezó a desaparecer. El volcán se apagó.
Abrió los ojos. Sus amigos lo miraban sorprendidos. No había fuego. No había gritos.
Draco sonrió, aunque todavía le daba un poquito de pena haber perdido, y dijo: —¡Qué rápidos son! Bien jugado, chicos. ¿Jugamos otra vez?
El oso Benito, la ardilla Rita y el conejo Simón saltaron de alegría y lo abrazaron. Draco descubrió ese día que ganar es bonito, pero poder seguir jugando y divirtiéndose con sus amigos, pase lo que pase, es el premio más grande de todos. Y aunque a veces todavía sentía un poco de calorcito al perder, ahora sabía exactamente cómo apagarlo.
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