En lo más alto de la Gran Selva Esmeralda, donde las hojas de los árboles parecían tocar las nubes, vivía un pequeño lorito llamado Pico. Pico tenía plumas de colores deslumbrantes: su pecho era rojo como una manzana, sus alas azules como el cielo del mediodía y su cola de un amarillo brillante como el sol. Durante el día, Pico era el ave más alegre y cantarina de toda la selva. Le encantaba volar en picada, jugar a las atrapadas con las guacamayas y buscar las semillas más dulces entre las ramas más altas.

Sin embargo, cuando el sol comenzaba a ocultarse y la selva se pintaba de tonos morados y grises, la valentía de Pico desaparecía por completo. Nuestro colorido lorito tenía un gran secreto: le tenía muchísimo miedo a la oscuridad.

Para Pico, la oscuridad no era solo la falta de luz. Era como si, al irse el sol, la selva amigable se transformara en un lugar desconocido. Las lianas gruesas parecían serpientes colgando, y las sombras de las hojas gigantes parecían manos oscuras que querían atraparlo. Todas las noches, Pico se escondía en lo más profundo de su nido, cerraba los ojos con fuerza y se tapaba la cabeza con sus alas, deseando que el sol saliera lo más rápido posible. Pensaba que en la oscuridad solo había cosas aterradoras y silencios que daban escalofríos.

Una tarde, mientras Pico jugaba cerca de un antiguo cenote —un enorme agujero de piedra en medio de la selva—, ocurrió un accidente. Pico estaba comiendo su fruta favorita, una brillante baya dorada, cuando se resbaló de su pico y… ¡plop! Cayó directamente hacia el fondo del cenote.

Pico se asomó por el borde. Adentro estaba completamente oscuro. El sol ya se estaba poniendo, y las sombras del agujero parecían no tener fin. Su corazoncito con plumas empezó a latir muy rápido.

—No puedo volar hacia allá abajo —susurró el lorito, sintiendo que le temblaban las alitas—. Está muy oscuro. Seguro hay criaturas de miedo escondidas en las rocas.

Pero era la última baya dorada de la temporada y él tenía mucha hambre. Tomó una gran bocanada de aire, cerró los ojos con fuerza, extendió sus alas y se dejó caer en picada hacia la oscuridad. Voló despacito, sintiendo el aire fresco de la cueva, hasta que sus patitas tocaron una roca suave y húmeda.

Cuando Pico abrió los ojos, se preparó para ver sombras terribles. Pero lo que vio lo dejó con el pico abierto de asombro.

No estaba en un agujero tenebroso. Estaba en una inmensa caverna subterránea, y no estaba oscura en lo absoluto. Las paredes de piedra estaban cubiertas de pequeños hongos y musgos que emitían una suave luz azul y verdosa. Parecía que alguien había atrapado miles de estrellas y las había pegado en las paredes.

Frente a él, había un lago de aguas cristalinas y tranquilas. Pico se acercó despacito caminando por la orilla. De pronto, el agua burbujeó y una pequeña cabecita asomó a la superficie. Tenía una sonrisa amigable, pequeñas patitas y unas branquias a los lados de su cabeza que parecían una corona de plumas rosadas. ¡Era un ajolote! Y lo más increíble de todo: su cuerpecito brillaba con una luz mágica en medio del agua oscura.

—Hola, amiguito de plumas —dijo el ajolote con una voz suave, que sonaba como el tintineo del agua—. Me llamo Pipo. ¿Qué hace un lorito de la superficie en mi cueva brillante?

—Yo… yo estaba buscando mi baya dorada —tartamudeó Pico, sin dejar de mirar la luz rosada que emitía el cuerpecito de Pipo—. Pero tenía mucho miedo de bajar. Allá arriba, a todos nos asusta la noche. Pensé que en la oscuridad solo habría cosas malas.

Pipo soltó una risita alegre que resonó en las paredes de la cueva. —Es normal tener miedo a lo que no podemos ver con claridad, Pico. Pero la oscuridad no es algo malo. Imagina que la oscuridad es como un gran lienzo en blanco para un pintor. Si siempre hubiera luz y sol en el cielo, nunca podrías ver mi brillo. Ni el de los hongos de esta hermosa cueva. Ni siquiera podrías ver las estrellas titilantes en el cielo de la noche.

Pipo nadó en círculos, dejando una estela de luz brillante y burbujas en el agua oscura. Pico se dio cuenta de que el ajolote tenía toda la razón. Esa cueva era el lugar más hermoso que había visto en su vida, y toda esa magia deslumbrante solo era posible precisamente porque no había luz del sol.

El lorito miró a su alrededor y, gracias a la luz de los hongos, vio su baya dorada descansando sana y salva sobre una roca plana. La recogió con una sonrisa. Ya no sentía frío, ni sentía miedo. Se sentía completamente en paz.

—Gracias, Pipo —dijo el lorito, extendiendo sus alas—. Creo que ya no me asusta tanto que se esconda el sol.

Pico se despidió de su nuevo amigo acuático y voló en espiral hacia arriba, saliendo del cenote justo cuando la noche cubría por completo la selva. Voló de regreso a su nido en el árbol más alto, pero esta vez, no miró las sombras en el suelo. Miró hacia arriba, hacia el cielo infinito, lleno de miles de estrellas brillantes, recordando la hermosa cueva de Pipo.

Esa noche, Pico hizo algo que nunca había hecho. No se escondió en el fondo de su nido ni se tapó la cabeza con sus alas. Se quedó en la rama más alta, respiró profundo el aire de la noche y, en lugar de imaginar serpientes en las lianas, imaginó a su amigo Pipo el ajolote, nadando y brillando en su lago subterráneo. Recordó que la oscuridad es solo el lugar tranquilo donde la verdadera magia espera su turno para brillar.

Y arrullado por el canto lejano de los grillos, el valiente lorito se quedó profundamente dormido.

¿Te ha gustado este Cuento para niños con miedo a la oscuridad? Descubre una colección increíble de mágicos y divertidos cuentos para niños. ¡Haz clic para explorar más historias y recursos que ayudarán al desarrollo de tus pequeños!

Shares: