Érase una vez, en una casa llena de risas y juguetes, un niño llamado Leo. Leo era valiente. No le temía a las arañas pequeñas, ni a los truenos lejanos, ni siquiera a quedarse último en el juego de las escondidas. Pero había algo que lo aterrorizaba, un misterio oscuro que sucedía una vez por semana: la desaparición de un calcetín.

Cada vez que su mamá ponía la lavadora, el número de calcetines pares disminuía. Leo juraba que era obra de un ser maligno: el Monstruo de los Calcetines, un bicho silencioso que vivía escondido y que se alimentaba solo de la mitad de cada par. Era un cuento de miedo para niños que Leo se contaba a sí mismo, y cada noche, antes de dormir, revisaba debajo de su cama, temiendo ver solo una pata de ese terrible ser.

Una noche, el miedo se hizo muy, muy real. Leo estaba dormido cuando un toc-toc suave lo despertó. Venía del armario. Con el corazón latiéndole como un tambor, se asomó. La puerta del armario estaba abierta solo un poquito. De la oscuridad asomaba algo peludo y de color gris… ¡y en su mano sostenía un calcetín de rayas rojas!

«¡Eres tú!», gritó Leo, «¡El Monstruo de los Calcetines Perdidos!»

El ser peludo se estremeció, y el calcetín se le cayó. No era grande y aterrador; era pequeño, del tamaño de una sandía, con ojos enormes y una nariz azul que temblaba.

«Lo… lo siento,» susurró la criatura. Su voz era chirriante, como el sonido de una bisagra oxidada. «Me llamo Pipo, y no soy un monstruo. Bueno, no uno malo. Solo… coleccionista.»

Leo parpadeó, sorprendido. ¿Un monstruo coleccionista? «Pero, ¿por qué solo uno de cada par?»

Pipo se sentó en un montón de ropa que nunca se doblaba. «Verás, los calcetines son como… los recuerdos. Si te llevas los dos, el recuerdo desaparece por completo. Si solo te llevas uno, el otro calcetín se queda y recuerda al que se fue. Yo colecciono esos ‘calcetines que recuerdan’, llenos de la memoria de su pareja. ¡Son los mejores! El rojo y rayado, por ejemplo, recuerda una carrera en el parque; el verde, un día de nieve con papá. Son historias, no solo tela.»

Leo se acercó con cuidado. Pipo no daba nada de miedo, de hecho, parecía bastante triste. «¿Y por qué solo de noche?»

«Porque mi trabajo es muy importante,» explicó Pipo con seriedad. «Yo recojo el miedo. El verdadero cuento de miedo para niños no es el que tiene fantasmas, sino el que te hace sentir solo. Cada calcetín que me llevo alivia un poquito el miedo a la soledad de su par, que ahora sabe que su otra mitad está en una gran colección de historias. Yo solo quería evitar que un calcetín se sintiera completamente abandonado.»

Leo se rió. Un monstruo de miedo que coleccionaba calcetines para que no se sintieran solos. ¡Qué tontería! El misterio se había resuelto. No había un monstruo terrible en la casa, solo un pequeño coleccionista de memorias.

«Está bien, Pipo,» dijo Leo, sonriendo. «Puedes quedarte con los impares. Pero por favor, de ahora en adelante, toca tres veces, no dos. Así sabré que eres tú y no el otro cuento de miedo que me invento.»

Pipo asintió, su nariz azul brillando de felicidad. Desde esa noche, Leo no volvió a temerle a los ruidos en la oscuridad. Sabía que detrás de cada sombra o ruido, a veces, solo se esconde una historia tierna. Y así es como Leo superó un gran miedo para niños, descubriendo que la verdad era mucho más divertida que el terror.

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