En una sabana soleada, donde las acacias dibujaban sombras largas y acogedoras, vivía una joven y encantadora cebra llamada Camila. Camila era como todas las de su especie: alta, esbelta y cubierta por unas hermosas y únicas rayas blancas y negras. Sin embargo, Camila no se sentía contenta. A menudo se observaba en el reflejo de un charco y suspiraba, sintiéndose… incompleta.

El tema principal de su preocupación no eran sus patas veloces ni su melena elegante, sino la distribución de sus rayas. «Si tan solo mis rayas fueran más rectas, o quizás si solo tuviera tres y no tantas,» pensaba. Para la pequeña La Cebra Camila, sus rayas se habían convertido en una fuente de ansiedad, una metáfora visual de su autoexigencia y la búsqueda de una perfección irreal.

Un día, decidida a resolver su malestar, emprendió un viaje. Primero visitó al sabio Búho, que estaba posado sobre un gran baobab.

«Sabio Búho,» dijo Camila con voz temblorosa, «¿Qué debo hacer para que mis rayas sean perfectas? Siento que mi identidad depende de ellas.»

El Búho, con sus grandes ojos amarillos, miró a Camila con afecto. «Querida Camila,» graznó suavemente, «la verdadera perfección no se encuentra en la simetría de un patrón, sino en la calma de tu corazón. Si basas tu valor en la apariencia, siempre vivirás a merced de lo que los demás piensen.»

Camila reflexionó sobre esto. El Búho le estaba enseñando sobre la dependencia emocional y la autoevaluación.

Luego, tropezó con un grupo de suricatas que reían juntas. Se detuvo y les preguntó cómo manejaban ellas las críticas. Una de ellas le dijo: «Nosotros valoramos nuestra cooperación y nuestra vigilancia, no la forma de nuestro pelaje. Si un día no nos sentimos bien por fuera, recordamos todo lo que hacemos por los demás y por nuestra comunidad.»

Esta fue la segunda lección: el valor de la contribución y la conexión social.

Finalmente, La Cebra Camila llegó a un claro donde una Jirafa, que había escuchado sus pasos ansiosos, le sonrió desde lo alto.

«Jirafa,» dijo Camila, «he viajado buscando cómo cambiar mis rayas, pero solo he encontrado consejos para cambiar mi mente.»

La Jirafa bajó su largo cuello. «La lección más importante que la sabana nos enseña es la aceptación radical de uno mismo. Tus rayas, como tus talentos y tus emociones, son un mapa único. Cuando intentas borrar una raya (una parte de ti), no solo te haces daño, sino que también debilitas el patrón completo. Es en la unión de todas tus partes, las que te gustan y las que no, donde reside tu verdadera belleza y fortaleza.»

Camila sonrió por primera vez en mucho tiempo. Comprendió que sus rayas no eran defectos, sino la prueba de que no había otra como ella en el mundo. El viaje había terminado, no porque sus rayas hubieran cambiado, sino porque su perspectiva había madurado.

De regreso a casa, la feliz La Cebra Camila trotó con la ligereza de quien ha soltado una gran carga. Había aprendido que el crecimiento personal no consiste en modificar el exterior para encajar, sino en cultivar un interior fuerte y sabio. Desde ese día, La Cebra Camila fue la cebra más segura de la manada, usando su experiencia para ayudar a otros potrillos a ver su propio valor.

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